¿Debe preocuparse si su hijo se chupa el pulgar?

Muchos padres de familia se
preocupan cuando observan que sus hijos o hijas empiezan a chuparse el pulgar o
algún otro dedo
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Esta acción es muy común y normal en los bebés (incluso antes
de nacer), y tiene un efecto calmante y relajante.
Usualmente, más de la mitad de los
niños que se chupan el pulgar dejan de hacerlo alrededor de los seis o siete
meses de edad y sólo los padres deben mostrar motivos de preocupación si esta
acción se prolonga durante demasiado tiempo (después de cumplir los cinco años
de edad) o si la persistencia del hábito empieza a deformar la boca
(alteraciones estructurales en el paladar) o la alienación de los dientes del
niño.
Es en este momento es cuando usted
y el dentista del niño podrían empezar a preocuparse. También es cuando a su
hijo le pueden empezar a afectar los comentarios hirientes de sus compañeros de
juego, hermanos y parientes. Si esto le preocupa, consulte al pediatra.
El doctor le recomendará, como
primer paso, que para que su hijo deje de chuparse el dedo que sea él mismo
quien quiera erradicar el hábito y participar de lleno en el tratamiento. Sin su voluntad, puede que resulte difícil
este proceso.
Las técnicas que se suelen utilizar
en estos casos empiezan con recordatorios suaves por sus amigos o familiares.
Si estos recordatorios no surten
efecto y su hijo sigue queriendo erradicar el hábito, es posible que el
pediatra le recomiende utilizar algún estímulo desagradable que le recuerde al
niño que no debe chuparse el dedo.
Para tal fin se puede:
- Impregnar el dedo de una sustancia
amarga
- Cubrir con una tirita
- Utilizar un capuchón o un cilindro
de plástico ajustable
- Colocar un dispositivo en el codo
que le impida doblarlo para que no se pueda acercar el dedo a la boca.
Es importante, antes de utilizar
cualquiera de estos métodos, explicar a su hijo que éstos tienen como objetivo
evitar que se chupe los dedos.
Sin embargo, si éstos les provoca
ansiedad o tensión excesivas, debe interrumpir el tratamiento, ya que presionar
demasiado a un niño para frenar este tipo de conductas probablemente le hará
más mal que bien, e incluso estos niños, tarde o temprano, suspenden el hábito
por si mismos.
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